¡Hasta siempre, Vicente Fernández! Recuperado de su salud, tras vencer al cáncer, se prepara para decirle adiós a los escenarios

Escrito   ▪  15/02/2013

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 El ídolo se va. Cuando se encuentra en su mejor momento, con la voz en su punto más alto, con la postura perfecta de un charro, con el traje luciendo majestuoso, la mirada encendida y viva, los ánimos encendidos. Así se va "Chente", como lo desea, como quiere, como le da la gana.

Con dos conciertos, los días 15 y 16 en la Arena VFG, "su casa", Vicente Fernández Gómez pone punto final a una carrera brillante dentro de la música ranchera. Luego de superar al cáncer por segunda ocasión, el cantante decidió que ya era suficiente. Decidió que ya era momento de bajar del escenario, y disfrutar de su familia. Que el aplauso y el cariño del público le van a faltar, lo acepta. Que su faceta de empresario y el inmenso amor su familia se quedan, también.

Vicente Fernández promete un par de conciertos apoteósicos. Como siempre. Una entrega absoluta al público. Como siempre. Y que mientras los aplausos no dejen de llegar, él no va a dejar de cantar. Como siempre.

El punto final en su carrera como artista solamente abre una nueva página en su vida. Vicente Fernández, el hombre, sigue adelante, "hasta que Dios quiera". El ídolo se va. La leyenda está a punto de nacer.

El inicio
Es 1954 en los calendarios. Vicente Fernández tiene 14 años. A medio camino entre ser un niño y ser un adulto. Su vida es una aventura donde apenas se están escribiendo los primeros capítulos. Pero en ese momento, se muere de nervios. Está a punto de subir al escenario por primera vez. Cada escalón para ascender a él, es como una montaña. Por dentro, la adrenalina en su organismo se encuentra en punto de ebullición. La sangre corre por su cuerpo de forma furiosa, agolpándose en sus órganos. Por fuera, aparenta la calma y aplomo del mejor de los intérpretes.

A simple vista, es un adolescente más. De copete peculiar y gesto adusto. Pero en cuanto abre la boca, queda claro que es único. Su voz es un diamante en bruto, sin pulir, portentosa y llena de sentimiento. Vicente Fernández gana el concurso y por primera vez, el público se rinde ante su forma de cantar. ¿De dónde salió éste fenómeno?

Es 1940 en los calendarios. Un 17 de febrero en Huentitán el Alto, Jalisco, región ganadera, donde los hombres de dedican al campo y las mujeres al hogar. La vida no es fácil y las dificultades curten a los habitantes de la zona. El pan de cada día se gana trabajando duro. El descanso es un privilegio. Es en ese ambiente donde nace el hijo de Ramón Fernández y doña Paula Gómez. Vicente.

Vicente Fernández Gómez crece como un niño alegre, avispado, ocurrente, pero sobre todo, con un gran sentido de la música. Es la época de Pedro Fernández, Jorge Negrete, Luis Aguilar y Javier Solís, los titanes de la cinematografía nacional. El pequeño Chente se imagina con ellos. A la edad de siete años, le promete a doña Paula que algún día será como ellos. Que algún día será una estrella.

Es 1964 en los calendarios. Vicente Fernández es un cantante destacado en la Perla Tapatía, pero aún le falta pulir su voz para brillar en solitario. De momento, es parte de conjuntos como el Mariachi amanecer de Pepe Mendoza y el Mariachi de José Luis Aguilar. Por esa época, canta en restaurantes, fiestas y actúa regularmente en el programa de radio Amanecer Tapatío, donde comienza a ganar renombre entre los escuchas. “Eres bueno”, le dicen sus amigos, pero también le advierten que debe abandonar Guadalajara si es que aspira a ser algo más. Necesita una plataforma más grande. Y entonces Vicente toma la decisión que va a dejar huella en su vida. Hace sus maletas y acompañado por su esposa, María del Refugio Abarca Villaseñor, mejor conocida como “Cuquita”, se va al Distrito Federal. No va pensando en probar suerte.

Va pensando en conquistar.

La consolidación
Es 1966 en el calendario. El día 19 de abril, Javier Solís expira su último aliento, y la música ranchera se despide de uno de sus últimos ídolos de masas. Poco a poco, los charros que iluminaron las pantallas van falleciendo, y con ellos, la edad de oro del mariachi. Adiós, Pedro Infante. Adiós, Jorge Negrete. ¿Quién va a levantar su legado? ¿Quién relatará con su voz las letras que queden grabadas con fuego en el corazón?

Ocho días después de la muerte de Javier Solís, Vicente Fernández firma su primer gran contrato discográfico. Es con la CBS Music, con quien graba lo que serían sus primeros éxitos comerciales. Tu camino y el mío, Perdóname, Cantina de barrio y El Rey entre otros. El público lo aclama. Su voz se queda en la memoria de los escuchas. Su fama se eleva como la espuma. Lo que pocos conocen, fueron los tragos amargos que se tuvo que tomar para llegar a ese lugar.

Es 1965 en el calendario. Vicente Fernández llega al Distrito Federal y comienza a tocar puertas en las disqueras. Su voz y su carisma son sus únicas armas en una ciudad siempre ansiosa por entretenerse. Pero nada sucede. Las disqueras quieren ídolos, sí, pero del pop. Quieren presencia. Quieren hombres de ciudad. Quieren cantantes de modales refinados y nacidos en cuna de oro.

Las puertas se cierran en la cara de Chente una y otra vez. “Estamos completos”. “Regrese después”. “A lo mejor el próximo año”. A Fernández le dan muchos pretextos para no darle trabajo. Lo único que le queda es ir a los estudios de CBS, a la espera de que surja un trabajo, una oportunidad, un micrófono abierto. La oportunidad es de quien la trabaja, piensa. La paciencia es la clave.

Es 1975 en el calendario. Vicente Fernández no desaprovechó la única oportunidad que le dieron. El género ranchero está sediento por encontrar nuevas estrellas, y él se levanta como una figura brillante. En aquella época, a sus éxitos radiales, se suma su primer protagónico cinematográfico: La ley del monte (1971). Después de años de privaciones, mudanzas y trabajo arduo, la vida comienza a mostrarle la otra cara al cantante. Incluso, durante un concierto en aquella época, sube a su hijo de cuatro años a cantar con él en el escenario. El niño se llama Alejandro Fernández.

El estrellato
Es 1976 en el calendario. Hasta ese momento, la fulgurante carrera de Vicente Fernández estaba construida sobre los pilares de grandes éxitos. Esos que ya fueron cantados por otros, pero que en su garganta suenan mejor. Mucho mejor. Pero necesitaba su propio himno. Una canción que se convirtiera en su sello. Y en ese momento apareció Fernando Z. Maldonado.

Maldonado ya había compuesto otros grandes éxitos, pero nada comparado a Volver, volver. El tema cimbró las bases de la música ranchera, y convirtió a Chente en un fenómeno allende las fronteras mexicanas. Por primera vez, su nombre sonaba con insistencia entre los paisanos en Estados Unidos. Se peleaban por llevarlo a la Unión Americana. En Centro y Sudamérica, lo veían como el sucesor natural de Pedro Infante.

Es 1980 en el calendario. “Mientras ustedes no dejen de aplaudir, yo no dejo de cantar”, es el grito de batalla en cada concierto, palenque y show masivo del artista. Los éxitos caen en cascada para el nacido en Huentitán. Si no es en radio, es en cine. Lo que toca y lo que canta se vuelve oro. El disco y la película El Tahúr dejan bien claro a quién le pertenece el cetro del rey del mariachi en nuestro país. Es difícil ir a una gran ciudad y no escuchar De qué manera te olvido, Sentimental y Ranchero. Fernández dejó de ser un fenómeno musical para volverse un ícono cultural. Por esta época surge el apodo de El ídolo de México.

Es 1984 en el calendario. El lugar es la Arena México, uno de los recintos más grandes del país. El día, 15 de septiembre.

Vicente Fernández convocó a un concierto en el coso taurino. Hasta entonces, los palenques, plazas y ferias de pueblo le habían bastado. Esta vez quería algo memorable.

Y lo logró. 54 mil personas atiborraron el recinto, en uno de los conciertos más destacados de la década. Chente vendía millones de discos en aquellos años, y su estrella en el cine no se apagaba. En plena decadencia de la industria cinematográfica nacional, el rodó películas como Juan Charrasqueado y Gabino Barrera (1982), Una pura y dos con sal (1983) y Acorralado (1984). No era como hoy, que las películas duran un par de semanas en las salas. En aquellos años, permanecían meses. Y Vicente se convirtió en un eterno dentro de las pantallas mexicanas.

El cenit
Es 1990 en el calendario. Vicente Fernández es el gran patriarca de la música ranchera en México. Puede que no el que mejor cantó en la historia, el más carismático, el más guapo, el mejor actor, o el más escandaloso. Pero sí el más entregado y constante. En un camino donde muchos tiraron la toalla, él se levanta como una constante. Una rareza.

La música vernácula comienza a mostrar síntomas de una marcada decadencia. Se siguen vendiendo los discos de los ídolos de siempre, Vicente y Antonio Aguilar, entre ellos, pero ¿y los nuevos artistas que México espera? Salvo Pepe Aguilar y Alejandro Fernández, muy jóvenes en ese momento, no hay más estrellas que estén intentando ganarse un lugar en el género. Chente levanta, solo, la antorcha.

Es 1991 en el calendario. El primer adiós. Vicente Fernández decide que “hasta aquí” llegó su carrera en el cine. No quiere dar lástima en pantallas. Las historias no le llenan. Siente que ya hizo lo que quería frente a las cámaras. Como sea, dice adiós. Su última película es Mi querido viejo, al lado de Alejandro Fernández.

Pareciera que le está pasando la estafeta. Una misión del padre que continuaría el hijo. Pero lo cierto es que los años demostraron que con el patriarca de los Fernández, se iba la última figura ranchera del cine.

Es 1997 en el calendario. Decirle adiós al Séptimo Arte no mermó la popularidad de “Don Vicente”, como ya era conocido por todos lados. Aunque las primeras canas se comenzaban a asomar en sus cienes, se mantenía entero. Sus palenques y conciertos seguían teniendo una duración maratónica, y los llenos se seguían registrando a donde quiera que fuera. “Vicente Fernández no se va a acabar nunca”, debía la gente. Sus canciones sonaban como tema de entrada en las telenovelas del momento (La mentira, la más exitosa), y ya lo habían invitado a develar su estrella en el paseo de la fama de Hollywood. Su vida parecía un paraíso.

Pero llegó el día negro. Justo antes de dar un concierto en Morelia, a Vicente Fernández le avisan que su hijo, Vicente Fernández Jr. había sido secuestrado.

El músico enfrentaba su peor pesadilla.

El ocaso
Todavía es 1997 en el calendario. La zozobra se apodera del alma de Vicente. Su hijo permaneció en manos de los secuestradores durante cuatro meses. Largos. Eternos. Cuando fue liberado, tenía dos dedos menos en la mano izquierda. La página más negra de su carrera estaba escrita con sangre.

El intérprete de Qué de raro tiene tardaría en recuperar la confianza. En sentirse seguro de salir de casa. Pero jamás pensó en irse. “No me he ido, ni me voy, ni me iré de México. Si canto ranchero viviré toda mi vida en México. Quiero que eso quede bien claro”, dijo en aquel entonces. Y no, no se fue.

Es el año 2000 en el calendario. Fernández no ha dejado de trabajar, pero comienzan a crecer las recopilaciones y homenajes en su discografía. El pasado comienza a pesar más que su presente, sin que eso signifique que esté dejando de vender discos. De hecho, sus ventas superan a muchas de las figuras de moda. Con Historia de un ídolo Volumen I, obtuvo doble Disco de Platino. Las canciones que lo integran son básicas en el cancionero mexicano:

Lástima que seas ajena, Me voy a quitar de en medio y Nos estorbó la ropa.

Es el año 2002 en el calendario. La Academia Latina de Grabación nombra a Vicente Fernández “persona del año”, por sus logros artísticos y las donaciones que ha realizado al Fondo Nacional de Becas para Hispanos. La vida parece sonreírle de nueva cuenta, pero una noticia le corta las alas a las buenas noticias: Es diagnosticado con cáncer de próstata.

El cantante supera la enfermedad rápido, manejando el tratamiento con el máximo secretismo. De hecho, muchos fanáticos, jamás se enteraron que el intérprete estuvo enfermo. Lo cierto es que su cuerpo comenzaba a encender las luces preventivas cada vez más. Por la mente de Fernández comenzó a aparecer la idea de decir adiós.

El ocaso
Es el año 2007 en el calendario. Su salud y sus negocios han dado mucho de qué hablar en los últimos años, pero Vicente Fernández se aferra a la música. Aún tiene mucho que dar. Su voz todavía es portentosa. Aún tiene la chispa en el escenario. Y entonces lanza Para siempre, producido por Joan Sebastian. Dos titanes trabajando en un mismo proyecto. Pero ¿Funcionaría? ¿Controlarían sus egos?

El resultado resultó espectacular. Fue uno de los discos mejor vendidos del año, y la carta de presentación de Fernández ante nuevas generaciones. A cuatro décadas de haber comenzado sus andanzas en el escenario, sonaba nuevo, fresco. Pero ya no solo era aquel cantante que salió de Huentitán. Chente ya no solo vivía de su voz.

Es el año 2005 en el calendario. Los intereses de Fernández comienzan a moverse en nuevas direcciones. El cantante debuta como empresario, y lo hace por la puerta grande, abriendo la Arena Vicente Fernández Gómez, mejor conocida como Arena VFG. Si otros artistas se conforman con tener una estrella en el paseo de la fama o una estatua en el lugar donde nacieron, el artista iba a ir por más, y ahora él tenía su propio foro, uno de los más grandes y modernos de Jalisco.

Es el año 2009 en el calendario. El cantante tiene ganas de medir su popularidad. “Estirar los músculos de la garganta”. Anuncia un concierto gratuito en el Zócalo de la Ciudad de México. Los organizadores esperaban miles. Jamás esperaron tantos. 220 mil personas se dieron cita el 14 de febrero de ese año en la máxima plaza del país. El día siguiente, a los periódicos les faltaron palabras para definir el fenómeno. Si hubo algún momento en que Chente parecía eterno, era este.

La despedida
Es el año 2012 en el calendario. Febrero. 12 meses atrás. El escenario es el Rancho de los 3 Potrillos. Parece ser una rueda de prensa más del cantante. La intención era anunciar su gira, nuevo disco, planes generales, nada grandioso. Un periodista le pregunta si ha contemplado el retiro. Es un cuestionamiento que le han habían a Chente de forma incesante por años. Pero ahora se engancha: Anuncia que se va.

“Un artista necesita retirarse con mucha dignidad, en el mero momento, y yo creo que en este año voy a despedirme de todos ustedes, de todo el público de Centro y Sudamérica, voy a despedirme de España, por el cariño que me brindaron por muchos años. Yo cuando tomo una decisión es definitiva (…) es la última vez que voy a tener la oportunidad de agradecer el cariño, la presencia del público”. Los medios quedan estupefactos ante sus palabras.

Es el año 2012 en el calendario. Octubre. El día 13. El primero de los últimos 3 palenques de Vicente Fernández. El cantante ofrece un show de tres horas, larguísimo para cualquiera, menos para él. Comienzan a circular rumores de que está enfermo, pero él los desmiente. Acepta que se irá, tras los palenques, a hacer unos estudios a Houston. Simples chequeos. “Lo que más voy a extrañar es el cariño del público, pero por el cariño del público, no quiero que un día digan, ‘no, ya Don Vicente ya no canta, anda causando lástima’”.

Unos días después, cae la noticia bomba: Vicente Fernández tiene cáncer en el hígado. Sería operado el 8 de noviembre en Estados Unidos.

Es el año 2012 en el calendario. Noviembre. Es el día 24. Vicente Fernández aparece ante los medios. Otra rueda en la Arena VFG. Sin bigote y gruesos lentes en color negro.

Vicente recuerda a la perfección el instante en que las cosas dentro de su cuerpo comenzaron a fallar. “Fue aquel sábado (13 de octubre, en el Palenque) que canté en Guadalajara, alguien de los medios me preguntó que cómo me sentía, y les dije que yo me sentía más fuerte que un toro. Muchos pensaron que me retiraba por motivos de salud y yo quería dejar claro que estaba bien”. Lo cierto es que dentro de su cuerpo había “algo” anormal.

Fernández explicó que cada tres meses se somete a un chequeo físico de rutina. Fue en octubre cuando el doctor Roberto Esquivel le dijo “que había salido alto de las enzimas. Yo le dije ‘eso qué es’, porque no entendía qué sucedía, y él me explicó que eso significaba que estaba un poquito inflamado el hígado”. Fue la primera vez que supo que algo en su hígado no se encontraba bien.

El Charro de Huentitán fue sometido entonces a un ecosonograma donde no se apreció ningún problema. Esquivel insistió y el cantante se sometió a una resonancia magnética. Fue entonces que apareció “la bolita” en su hígado.

“La bolita estaba en la vesícula biliar, en la parte que envía la bilis al estómago”, apunta el cantante, quien agrega que en ese instante el peligro no era sólo el cuerpo extraño que estaba en su organismo. Él mismo lo explica rápidamente: “La bolita valía una pura y dos con sal, con cáncer y sin cáncer (risas), si seguía creciendo iba a oprimir los conductos biliares, la bilis se iba a ir a la vesícula, luego a la vejiga y de allí a la sangre y entonces tan tan”.

El día que entró al quirófano, Chente lo recuerda como si hubiera vuelto a nacer. “(La operación) duró 12 horas. Recuerdo que lo primero que hice fue encomendarme al Señor. Le pedí las bendiciones a mis hijos, a mi mujer, a mis nietos. Me metieron al quirófano e iba cantando”, agrega con una sonrisa. Lo demás se pierde en la anestesia y sólo recuerda el momento en que despierta con un golpe en la frente.

Hoy: Vicente luce recuperado. Mantiene en pie la promesa de que se va. Entero. Como el “rey” de la canción. Con la corona que le dio la gente. Se prepara para decir adiós en dos conciertos en la Arena VFG este 15 y 16 de febrero. No tiene por qué mentir. Está nervioso por subir al escenario por última vez. Está a punto de subir al escenario por enésima ocasión. Cada escalón para ascender a él, será como una montaña. Por dentro, siente como la adrenalina en su organismo comienza a calentarse. La sangre corre por su cuerpo de forma furiosa, la emoción es incesante. Pero por fuera, Vicente Fernández Gómez aparenta la calma y aplomo del mejor de los intérpretes. No podía irse de otra forma.

En sus propias frases:
“Cuando me preguntan que por qué me voy, siempre pongo como ejemplo a los boxeadores, los toreros, los futbolistas, lo ideal para ellos es retirarse como campeón, con la corona. Yo me llevo esa corona, que me ha dado el público”.

“Yo creo que retirarme no es fallarles, es decir que no vean a su ‘Chente’ un día mal en un escenario, eso no lo quiero”.

“No quiero llegar a un palenque y que no esté desbordado como siempre, eso sería la muerte para mí”.

“Mucha gente me pregunta que ¿qué voy a hacer?, pues a disfrutar los 52 años que trabajé”

 

tabascohoy.com


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